Hablar del narcocorrido en México es hablar del cliché, del lugar común, de un universo de valores trastocados donde lo importante al final de cuentas no es la riqueza obtenida mediante la industria del narcotráfico, sino el poder que los hombres logran con él aunque sea de manera fugaz.
El narcocorrido es una apología de la violencia y el delito como medios eficaces y válidos para lograr todo aquello que la realidad diaria le niega al hombre común, y que ve en las actividades ilícitas una posibilidad de alcanzar sus sueños más preciados de una manera multiplicada.
En este segmento de la cultura popular encontramos cómo la figura del tlatoani es rediviva en los personajes principales de las historias relatadas, sobre todo en los grandes jefes que merecen según el creador del narcocorrido todo el honor y el respeto, en una extraña suerte de sacralización laica en la que la muerte y la sangre parecen ser el sacrificio ritual esperado.
En este tipo de creación se hace una descripción abundante de lo que esta subcultura tiene por más deseado: grandes camionetas y autos, joyas, finas bebidas, vestimenta ostentosa, mujeres, etc.
La cultura del narcotráfico es un fenómeno que ha permeado todas los segmentos socioculturales en nuestro país y ha trascendido más allá de nuestras fronteras asimilándose en partes de Centroamérica y en los Estados Unidos sobre todo en la población con ascendencia mexicana.
El intento de hacer un análisis de la estética del narcocorrido es una tarea no fácil, pues los creadores de estas obras son por lo general escritores de canciones y grupos musicales con casi nula preparación artística, lo que ha motivado haciendo un símil con la pintura, un movimiento de naturaleza naíf.
Otro de los elementos distintivos de la subcultura del narco aparte de la aparatosa indumentaria vaquera y el sombrero que supuestamente les proporciona a los usuarios una identidad básicamente campesina (hay que hacer notar que los primeros narcos trabajaban la tierra para cultivar mariguana y amapola) son sus adornos tales como cadenas de oro, dijes con la figura de una AK 47 y una extraña adoración por “la santa muerte” y Jesús Malverde su santo patrono, una y otro parecen ser los asideros morales de las personas dedicadas al ilegal oficio del narcotráfico.
La santa muerte parece ser su protectora ante el futuro más inminente que les espera a la mayoría de ellos y en una paradoja extraña le piden desproteger a sus contrarios mientras a ellos los beneficia.
Jesús Malverde en cambio es un personaje de oscuro pasado a principios del siglo XX en el estado de Sinaloa que se dedicaba a la delincuencia como un Robin Hood moderno y que al ser atrapado murió colgado, desde entonces se le empezó a rendir cierto culto local que después se generalizó al desarrollarse la subcultura del narco.
La problemática principal no es el hecho de que surjan expresiones como el narcocorrido, sino que haya sociedades que sean capaces de engendrarlas, habría que cuestionarse hasta dónde nuestra nación ha fallado en el plano educativo y cultural para que expresiones como la que estamos comentando sean capaces de quedarse en el gusto popular, y todavía más, habría que reflexionar si las causas que generan tales fenómenos no son de naturaleza sociopolítica.

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